Espíritu de la obra

WILLY ARANGUREN*
I
A Manuel Rivero (Barquisimeto, 1951), arquitecto y pintor, podríamos catalogarlo como un artista comunicador, gestual, discursivo, como un personaje quien ha caminado por un proceso de oralidad íntima, desde los recónditos confines de la tierra hasta la infinitud de un universo, pletórico de signos y señales que le conducen a hablar con elementos telúricos, con la luz, con los espacios.
De manera que siempre ha existido en él una necesidad innata de confabularse con reflexiones entre la integración de las artes, la oralidad misma como manera de transmitir ideas, pensamientos, o mundos que orientan el diálogo, o tierras que nos hacen comprender nuestra relación ancestral con Pachamama, con Amalivaca, con la Madre Tierra, con los surcos espaciales contemporáneos e incluso con las tecnologías modernas, dentro de su proceso de creatividad plástica, todo ello en un movimiento holístico, de perenne comunicación y dialogo.
II
Este paradigma ha acompañado al artista desde los remotos tiempos de su niñez y adolescencia (finales de los años cincuenta y sesenta), transcurridos en la Escuela de Artes Plásticas “Martín Tovar y Tovar” de la ciudad de Barquisimeto, donde su padre, el Maestro José Requena, dirigía a toda una serie de párvulos, en el maravilloso espacio de colores, telas, composiciones e ideas.
En los setenta, más maduro, luego de haber obtenido el título de arquitecto en la Universidad de los Andes, Mérida, su orientación hacia lo telúrico-social marcó pauta, asociándose con la obra de César Rengifo y Edgar Sánchez (asiduos visitantes de su casa), con lo xerófilo y con el estudio de cierta luz incandescente sólo conseguida en estos contornos larenses. Eran los tiempos de la reaparición de los satélites, que el artista llegó a combinar con escenas de lo ancestral y lo primitivo, de acercamiento y diálogo entre dos mundos opuestos que necesitaban de alguna forma la comunicación, siempre el decir.
Expresar incluso a partir de objetos como instrumentos musicales, tambores, ojos y caminos que señalaban encuentros, hallazgos de luz y de espacios, ya vistos desde los diálogos arquitectónicos. Siempre y en todo caso Rivero ha buscado la integración de las artes, acercarse a otras artes, como en este caso de los encuentros de la oralidad, de UNO/ES, que se han celebrado por casi dos décadas en esta ciudad de Barquisimeto, asistiendo el artista a por lo menos la mitad de ellos, dado su interés por el tema de darse, de comunicar.
III
Por estas vías, Rivero ha entendido que el arte, desde todo punto de vista, es metamorfosis, cambio, movimientos, diálogos entre personajes, entre elementos de la plástica, la danza, la música, el teatro, entre ideas que se entrecruzan con la arquitectura, la pintura, lo escultórico, la fotografía, como formas vitales de su hacer creativo, de modo que luces, espacios, materiales, ideas pre establecidas dicen, hablan, se mueven, crean desde lo racional y lo sentimental.
La tierra en la plástica de Rivero habla; la tierra es oralidad, la tierra habla con la luz, con sus espacios, con sus movimientos, creados por el artista.
La luz del pintor habla por y con sus colores primarios y complementarios: el artista habla con el gesto hacia la tela o hacia la obra tridimensional, con la disposición informal de lo matérico, dice desde la intervención racional del hombre cuando inventa el cilindro, el rectángulo, la infinitud de la pintura que se eleva.
El diálogo se construye además con lo automático, lo psíquico y desde los procesos continuos que tuvieron origen no se sabe cuando, pero que fueron dando resultados, tras resultados, para comenzar de nuevo, para seguir dialogando, para marcar pautas de oralidad, con y desde la tierra, con los semejantes.
Rivero dice y habla desde la tierra inconmensurable, no sufrida, apasionada, renovada a pesar de las formas anti-ecológicas y de las actitudes malsanas de los hombres y de un capitalismo siempre destructor.
IV
En otro orden de ideas, la pasión por lo barroco-orgánico y también por lo minimalista emergen en la comunicación de Rivero. Por ello lo matérico se eleva desde el lienzo, se hace relieve y montaña que exclama, también se convierte en camino liso, con las protuberancias a flor de piel, con el diálogo de lo fractal, de manera que se crean identidades comunes entre todos estos elementos, a pesar de lo irregular de las formas.
Se trata del diálogo de la tierra y de sus ancestros, no sólo humanos, sino protohistóricos y contemporáneos; se trata además de “echar el cuento” de la creación, de los cambios, del movimiento, de lo social y tecnológico dentro de una tela o dentro de una estructura tridimensional que simula ser pintura ascendente hasta el infinito.
V
Hay en la obra de Manuel Rivero un proceso continuo de maduración, meditación y logros, de hallazgos, dentro de estos ya casi cincuenta años dedicados a la creatividad y a la pintura, a la integración de las artes, con una relación sempiterna con los tiempos, con el tiempo, con la tierra, con la comunicación, con el decir temporal y a temporal; obras que hablan de melancolías, de cardenalitos, de lunas y de lluvias, de abriles y de vientos de agua, de forma poética y lumínica, de manera que se producen innumerables encuentros y conversatorios; siempre “echar cuentos” desde la tierra, a partir de la impronta terrenal, en dialogo permanente con las luces, con lo lumínico, con el movimiento informal de lavas, de ríos, de paisajes nada convencionales, de formas por encontrar y dialogar, desde su taller, desde sus diversos lugares de trabajo.
Debemos tomar en cuenta que Rivero, en el fondo de su esencia, lo que mayormente le interesa es transmitir, hablar desde su pintura y su gesto creativo, también desde su verbo, como lo ha hecho incluso en las oportunidades de ser docente-artista-arquitecto. Hay siempre una puesta en escena de la obra de arte, una luz que se asoma, que reina y que irradia vida. Por ello enfatizamos que la oralidad y la comunicación se tornan esenciales para Manuel Rivero.
Llama la atención la trascendencia de Rivero en el sentido de unir las artes, de integrarlos y de reflexionar en torno a ellos, a la complejidad y el riesgo de lo inaudito que él asume, con la sencillez de un creador curtido en la vida, en la historia y en el presente. Pues, en nuestros tiempos, no basta sólo ser buen pintor sino artista que reflexione, que una y crea mundos de la versatilidad, la racionalidad y desde sus sentimientos.
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*Crítico de Arte. Asociación Internacional de Críticos de Arte. AICA. Capítulo Venezolano. Doctor en Ciencias de la Educación. Mayo 2010.


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